Ya era la decimoctava vez que cantaba el himno entre
sollozos y eso que aún el barco no había zarpado. No se como pude soportar los
primeros días de viaje con el tarado de Mariano. Todos me congratularon por mi
matrimonio con uno de los líderes de la patria, no se imaginaban lo que yo
sufría con cada noche al despertarme abruptamente por una espontánea exclamación
patriota de mi marido. O con sus orgasmos culminados en un “¡Qué viva la
liberación de los pueblos del sur!”. Y eso no era todo, su amor argentino
llegaba más lejos, alcanzando límites inconcebibles: las restricciones en la
vestimenta eran múltiples, era obligatorio el uso de la escarapela incluso en
mi robe de chambre, dejamos de ir a la Iglesia, y nos obligaba a mí y a toda la
servidumbre a gritar tres patrias nuestros antes de cada comida. Otra diría que
estas son molestias menores, fáciles de ignorar al estar ante una personalidad
tan importante como Mariano Moreno, pero a los seis meses de casados yo ya no
podía con mi alma, y un viaje en barco al viejo continente nos mantendría demasiado
cerca por más tiempo del soportable.
Cuando nos alejamos del puerto hubo dos días de duelo por el distanciamiento de la patria amada, mi marido se vistió de luto y me presionó, con
lágrimas en los ojos, para que lo imitara. No tuve más remedio que acceder a su
pedido, descarté todos mis vestidos y pareos especialmente seleccionados para
disfrutar de las playas de Grecia y me puse obscuros ropajes poco reveladores,
que convertían a mi figura estilizada en una amorfa masa negra.
Decidí que ese era mi límite, no podía dejar que esto llegara
más lejos. Esa misma noche rocié su almohada con cloroformo. Toda la tripulación,
una manga de ignorantes, se convenció de su muerte. El cuerpo fue arrojado al
mar envuelto en la bandera que tanto idolatró, ya que “una dama no debería
respirar el aroma a putrefacción de un cadáver descomponiéndose”(cita
requerida). Grecia estaba esperándome.
Sofía Rada
Valentina Di Pietro
Francisca Álvarez