La gran ilusión, el gran día, el momento por tantos años esperado estaba por fin aquí. Mi madre, mi querida madre, había trabajado todas las horas extra necesarias para cumplir mi sueño y el de mis amigas, ¡Vivir Bariloche al límite! El bolso estaba listo, y llevaba en su interior una serie de modelitos que se iban a usar esta temporada, el facial estaba hecho, mis uñas, perfectas y mi pelo, reluciente. Las chicas habíamos hecho ayer nuestro último día de shopping para comprar todos los cosméticos necesarios para que la rigurosidad del clima no dañe nuestra piel siempre tersa y suave.
Estábamos allí, esperando al ómnibus que nos llevaría a la cúspide de nuestra vida adolescente. Pequeños gritos histéricos brotaban de las gargantas de mis compañeras, y yo no me quedaba atrás. Después de dos horas de dulce espera, durante las cuales nos atragantamos con bebida energizante, llegó nuestro transporte al paraíso. Tenía un aspecto un tanto destartalado, que sólo logró aumentar nuestra euforia. Al principio, nuestros saltos, de tan elásticos nos hacían tocar el techo del micro con la cabeza, pero más tarde, cuando los efectos de lo que habíamos ingerido comenzaban a ceder, me animé a preguntarle al conductor por dónde íbamos. Su respuesta, enojada, por haberlo despertado de su preciado descanso, fue que seguíamos en retiro y que hacía tres días que no dormía. Luego de ese episodio, llegamos a destino a la brevedad. Aunque algunos de mis compañeros, preocupados por los “bolsos prohibidos”, y por ese motivo más atentos al viaje, comentaron que un leve embotellamiento había retrasado un par de días nuestra llegada.
El hotel era magnífico, mis amigas corrieron a instalarse en las habitaciones, pero yo me retrasé, admirada por los chicos del Saint Edwards que realizaban su entrenamiento matutino. Estaba a punto de correr tras ellas cuando, el que yo suponía coordinador del grupo, se acercó a mí con una sonrisa y un brillo especial en la mirada. Allí comenzó su empalagoso parloteo que me embelesaba por su impecable francés, sin dejar de hablar tomó delicadamente mi mano y me llevó a uno de los pintorescos barcitos que rodeaban el hotel. Me sorprendió que estuviera vacío, pero él enseguida se colocó detrás de la barra y me sirvió un trago.
Desperté rodeada de otras chicas emocionadas por un juego que no llegaba a visualizar, debido a mi posición horizontal. Una a una eran colocadas en camillas y fuegos artificiales recorrían sus cuerpos, inertes al principio y casi epilépticos al final. Cuando llegó mi turno, grité desaforadamente, tanta alegría era casi dolorosa.
Valentina Di Pietro
Francisca Álvarez
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