miércoles, 30 de noviembre de 2011

El egresado

Emocionados por irnos a Bariloche, fuimos hasta el hipódromo a esperar a los micros.
Al llegar, lo que encontramos no resultó ser un micro, sino mas bien, una caravana de fititos oxidados pero con choferes con galera.
Increíblemente llegamos a Bariloche en cinco horas y media. Dos horas mas tarde los coordinadores nos subieron a un submarino y nos llevaron hacia el hotel en las profundidades del Nahuel Huapi.
Era maravilloso para nosotros comenzar el viaje de nuestras vidas.
Esa misma noche fuimos al primer boliche, en donde solo nos encontrábamos nosotros. Quisimos volver, pero nos dimos cuenta que las puertas habían desaparecido, por lo que tuvimos que recurrir al último método de salida: rasgar las paredes hasta encontrar la luz.
Finalmente pudimos salir y nos fuimos sin dormir a esquiar. Allí vimos que en vez de nieve, había arena en las montañas. No era lo que nos esperábamos, pero fue mucho mas divertido.
Cuando volvimos al hotel, nuevamente en el submarino, un amigo borracho nos contó que vio pasar al “Nahuelito”, y como era de saber, no le creímos.
A la quinta noche de boliche, al contrario de la primera, el boliche estaba tan pero tan lleno que ni nos podíamos mover. A pesar de esto fue una de las mejores noches, llenas de diversión, alcohol y locura.
 Llegó el último día la tristeza era inevitable, era el fin de nuestro inigualable viaje. Armamos las valijas y al llegar al salón principal vimos a través de los vidrios del hotel al inmenso “Nahuelito”.

Belén Corti y Camila Calvo.

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