Los micros ya estaban en el hipódromo, faltaban pocos minutos para el gran viaje. Fui el último en subirme, el único asiento que quedaba era al lado de Nuria, la mamá de mi mejor amigo. Pero no me importaba, nada me iba a arruinar el viaje.
Cuando ya me estaba aburriendo, empecé a gritarle por la ventana a los conductores de los otro autos y camiones que toquen la bocina para que todos se sumen al juego, pero todos se quedaron tranquilos en sus asientos, y Nuria me dio un cachetazo para que me callara.
Después de tres horas de viaje llegamos a un control y nos dijeron que éramos demasiadas personas para la capacidad del micro y que debían pasar cinco personas al micro que venía atrás. Yo me ofrecí, seguramente iba a ser más divertido. Al subir me encontré con un grupo de ancianos durmiendo con la baba chorreando y algunas dentaduras postizas tiradas en el suelo. Igual no importó porque faltaba poco para llegar a Bariloche.
Cuando llegamos al hotel,que nos habían mostrados en fotos y parecía el Palacio de Versalles, resultó ser un simple motel barato que parecía un prostíbulo. Llegué a mi habitación y abrí la valija para ponerme la ropa de la primera excursión, pero fue ahí cuando me di cuenta que me había confundido de equipaje, había agarrado la valija que mi hermana preparó para irse a Brasil. Estaba repleta de minifaldas, bikinis y condones. Tuve que usar la ropa que me prestó uno de los padres acompañantes, era cuatro talles más que yo pero eso no me bajo el autoestima. Esa noche fuimos a un boliche gigante. El dj pasaba música de Sandro y Los Pinpinella, y todos estaban sentados hablando. Yo empecé a bailar desenfrenadamente a pesar de la música y a gritar el nombre de la empresa. Todos me miraban como si estuviese haciendo algo sumamente bizarro, y de repente vino el guardia del boliche y me tiró a la calle.
Al día siguiente traté de empezar una guerra de bolas de nieve con mis compañeros, pero se enojaron tanto que me dejaron de hablar y me trataban como a un loco.
Los demás días fueron igual de raros, parecía que todos lo que había escuchado o me habían dicho de Bariloche era mentira, pero igual yo no dejé de divertirme y no importó que me apodaran ''el nuevo Quijote''.
Camila Gatti, Micaela Rosales
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