El verano me hace acordar a Dominic.
Parece ayer cuando asistíamos juntos a todas esas fiestas, llenas de lujo.
El era un hombre especial, pero lamentablemente sé que yo no lo era para él. Se rodeaba de amigos, boliches, alcohol y nunca faltaban las mujeres con las que yo nunca me pude comparar.
Los celos y la envidia se apoderaban cada vez más de mi, todas estas jóvenes con vestidos importados, maquillaje intacto y sonrisas de propaganda no tardaron mucho en hacerme desaparecer.
Pareciera que todo era malo, pero vale la pena aclarar lo contrario. Dominic había llegado de Grecia en su niñez, cargaba una esencia y una alegría que sorprendía a todos. Sus cumpleaños eran las fiestas más solicitadas, sus amigos lo agasallaban con lujos y nunca faltaba su propio sector VIP en cada boliche.
La gota que rebalsó el vaso fue la noche del tres de febrero. Lo esperaba para cenar en un restaurant único, como era de costumbre.
Verlo llegar borracho y abrazado a una mujer que parecía recién salida de un burdel, no fue lo más doloroso. Me dijo que no cenaríamos, iría a bailar y que luego pasara por su casa y me recompensaría la cena.
Sabía que no era lo que debía hacer, pero el amor y la obsecion que tenía hacia ese hombre es imposible de describir.
Me dirigí a su casa a eso de las cinco de la mañana, no sé como logró abrir la puerta, él, tratando de mantenerse parado diciéndome que no me convenía entrar, palabras que tardaron media hora en entenderse; y sus "niñas" que corrían desnudas por la casa, me llevo a cometer el peor error de mi vida.
Mis emociones se triplicaron, sentía impotencia, miedo, enojo. Logré reaccionar cuando ya le había disparado, cuando se encontraba su cuerpo bañando en sangre, tirado en el piso. Lo único que podía escuchar eran los gritos de las prostitutas, llorando y amenazándome como niñas.
Mi mente permaneció en blanco por varios días, cuando desperté ya estaba encerrada acá; por fin, en un lugar tranquilo.
Dominic, descansa en paz.
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