jueves, 1 de diciembre de 2011

El precio que hay que pagar



Un bicho de ciudad llega al bosque. Ya es el atardecer. El sol se va rápidamente. Él lo observa detenidamente sentado en un tronco talado. Los árboles aliviados, pero preocupados a la vez, tararean. El sol casi desaparece.
El bicho-¿A dónde vas?
El sol -Todavía no lo decido, pero lejos de aquí.
El bicho -Pero mi reloj no marca la hora de que te vayas...
El sol -Tu reloj no importa acá, tu hora no importa acá. El único horarios que conocemos es el horario en que vos y tu familia vienen a cortar nuestra paz. Me apiado de mis amigos, yo quiero que algún día ellos lleguen a acariciarme con sus hojas.
El bicho -¿Vas a volver mañana?
El sol -Todavía no lo decido. Quizás, si yo no vengo, vos tampoco venís. ¿No sería eso lindo? Y en algún momento, fuera del alcance de las monótonas agujas de tu reloj, yo regrese, y los árboles me hagan cosquillas y caricias; cosquillas y caricias de amor.

Giuliana Rodríguez

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