Un bicho de ciudad llega al bosque. Ya es el atardecer. El sol se va rápidamente. Él lo observa detenidamente sentado en un tronco talado. Los árboles aliviados, pero preocupados a la vez, tararean. El sol casi desaparece.
El bicho-¿A dónde vas?
El sol -Todavía no lo decido, pero lejos de aquí.
El bicho -Pero mi reloj no marca la hora de que te vayas...
El sol -Tu reloj no importa acá, tu hora no importa acá. El único horarios que conocemos es el horario en que vos y tu familia vienen a cortar nuestra paz. Me apiado de mis amigos, yo quiero que algún día ellos lleguen a acariciarme con sus hojas.
El bicho -¿Vas a volver mañana?
El sol -Todavía no lo decido. Quizás, si yo no vengo, vos tampoco venís. ¿No sería eso lindo? Y en algún momento, fuera del alcance de las monótonas agujas de tu reloj, yo regrese, y los árboles me hagan cosquillas y caricias; cosquillas y caricias de amor.
Giuliana Rodríguez
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